Regreso al pasado

Hay veces que me encuentro soñando despierta lo que sería volver al pasado.

Volver pero con mis años de experiencia, o como se suele decir, “con lo que sé ahora”. Porque todos lo hemos pensado alguna vez, claro.

Desde luego lo que tengo claro es que, en muchas cosas, obraría diferente, que el que diga que la persona no cambia miente, vaya si cambiamos, porque afortunadamente aprendemos.

De eso hablaré en otra ocasión. Hoy voy a hablar de lo que sentiríamos físicamente en ese cuerpo de antaño.

Pienso que un día me despierto y me encuentro en mi viejo dormitorio de jóven. Asombrada miro a mi alrededor y reconozco lo que nunca se olvida, ese cuarto en el que parece que estuve siglos y sólo fue media docena de años.

Por supuesto pienso que estoy soñando pero eso no me va a quitar de disfrutar del subidón del momento.

Me incorporo y por poco  me doy con la cabeza en el techo del salto que pego– ¿Qué ha pasado?, no encuentro explicación a la velocidad que he cogido al mover mi cuerpo. Salgo de la cama sintiéndome liviana y como flotando y me miro en el espejo de la comodín. ¡Ay madre que estoy igualita a cuando tenía 18 años!. “Da guten, este sueño es una pasada” pienso. Y claro, me doy cuenta de por qué me siento tan etérea, ¡tengo 20 kilos menos!. DE ahí que me levantara con ese salto de la cama, porque hice fuerza para mover un cuerpo de 20 kilos más y me sobraba impulso claro. Dios mio, alguna vez he sido tan delgada? me digo mientras contemplo el reflejo en el espejo. Mis brazos y piernas parecen más largos, hasta mi cuello parece más largo al estar libre de la grasilla de los hombros y cara.¡¡Joder como se estropean los cuerpos!!. Me miro del derecho y del revés y me voy tan campante a la cocina. Ahí está toda mi familia, tal y como era en los setenta. Me aguanto la risa al ver a mi hermana con esos pantalones de campana, me emociono con todos, y como para mi es un sueño, sigo con mi aventura sin decir ni mu a nadie.

Me resulta curioso verme un moretón en la cadera. “Ah, ahora me acuerdo, es que tenia ese problema porque era tan delgadita que los huesos de la cadera me sobresalían y algunas veces me daba algún que otro golpe ahí.

Me pongo una de esas cosas tan horteras para no desentonar y noto mis domingas diminutas. Bueno, no son diminutas. Lo son si las comparo con las ubres de ahora.

Salgo de casa y me agarro a la barandilla para bajar las escaleras con cuidado. Innecesario. Mis rodillas están perfectas. No siento las piernas, como decía aquel, de tan engrasadas que las tengo con el bendito cartílago protector de articulaciones. De hecho estoy segura de que subiría hasta el quinto de una sentada y sin despeinarme.

Camino a lo largo de mi barrio y no me canso, ya digo que estoy como flotando, cada paso que doy me elevo pues me impulso más de lo necesario en mi nuevo cuerpo. Incluso la cuesta de la calle Universidad de Oñate la hago sin un mínimo jadeo y de una tirada, sin pararme, como acostumbro a hacer en el futuro y eso que hace un sol de justicia, por cierto, no siento mucho calor a pesar de estar a 33º, jolín, si en el futuro estoy sin resuello con 25º ya. Sigo encantada de la vida y de repente oigo una ambulancia….¿una ambulancia?, no, una sirena de trabajo…..ehhh….no, ¡ay carajo! a que va a ser lo que me temo?. Efectivamente es el despertador. Qué poco duran loso buenos tiemposs.

 

 

Anuncios